La Real Academia Española define “mentira – expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente”, y “verdad – conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”. Tan claro y simple como esto. Gracias a la tecnología, en la actualidad se pueden utilizar herramientas informáticas para verificar la veracidad de las declaraciones de autoridades, sujetos políticos, sindicalistas, candidatos o cualquier persona, sobre temas de interés colectivo. Es una forma de “polígrafo” post discurso, que contrasta las aseveraciones con los datos objetivos que, en casi todos los casos, están accesibles al verificador. Para sorpresa de todos, las aseveraciones falsas (mentiras) superan en casi todos los casos a las verdades. También existe un porcentaje moderado de afirmaciones que no se pueden contrastar por ser muy vagas o no monitoreadas.
En otras palabras, la mayoría de la información que proviene de actores políticos de la más amplia gama es falsa o imprecisa. Con el agravante de que los ciudadanos, en su mayoría, no pueden verificar su certeza o falsedad. Les queda presumir una de estas opciones. Entonces tenemos una condición de ignorancia generalizada, provocada intencionalmente por una clase política que debe recurrir a la mentira como arma contundente para acomodar la realidad a sus mezquinos intereses. La capacidad de mentir se ha convertido en una fortaleza en el submundo de la política. Todos mienten en diferente grado y se protegen mutuamente, aún entre bandos contrarios.
Ancestralmente, los indígenas originarios de la región andina identificaron tres pilares fundamentales de la conducta y respeto a la comunidad: “ama llulla” no mentir; “ama sua” no robar y “ama quilla” no ser ocioso. Conceptualmente, estos principios se mantienen vigentes hasta la presente fecha. Lamentablemente, su aplicación en la vida real es cada vez más débil. Se sobreponen intereses grupales o individuales y los líderes e inclusive las organizaciones se vuelven permisivos. Todo depende de lo que más les conviene. Al momento de escoger los “mejores hombres y mujeres” para candidatos a funciones públicas, dejan de lado la prueba básica de solvencia moral que sería contrastar el pasado con estos principios. Seguramente se quedarían sin candidatos.
Lo propio ocurriría en los sectores mestizos, que son los más numerosos. Con el agravante de que no existen ni siquiera principios básicos como aquellos. Las normas de conducta las imponen los propios movimientos políticos, gobernados por una élite (oligarquía) que acomoda las reglas del juego externas (Código de la Democracia) e internas (estatutos) a sus propios intereses. Sobre estas bases, ejercitan su labor proselitista los candidatos y los elegidos. Todos, sin excepción, mienten a discreción. El arte está en mentir de manera tal, que la población asuma sus asertos como verdades. Naturalmente, deben estar debidamente entrenados para actuar como si estuviesen diciendo verdades incuestionables.
Ahora podemos comprender que vivimos en una mar de falsedades lanzadas al viento de manera irresponsable y premeditada. Los mentirosos no tienen ningún temor de ser castigados por sus electores, pues quienes les pongan en evidencia serán sus oponentes, que a su vez cargan en sus espaldas con otras mentiras. Entre bomberos no se pisan las mangueras. La verdad es que los actores políticos no saben sobrevivir sin mentir. Han olvidado que la verdad es una sola y todo lo demás es FALSO. Sería muy saludable que los precandidatos se sometan a escrutinio sobre los tres principios ancestrales. Sería un milagro que los actores políticos NO MIENTAN, aunque no les convenga hacerlo. Seguramente ganarían credibilidad. Para lograrlo, los ciudadanos debemos demandar que digan la verdad en todas las intervenciones pre y post elecciones.
¡BASTA DE MENTIR!