La soledad de aquella ardilla era sobrecogedora. No era normal en un bosque donde todos tenían familia y amigos. Iba sola, siempre sola, y cuando los demás animalitos le preguntaban cómo se llamaba, ella, con un suspiro, respondía: “Pobrecita yo”.
Tomasito debía entregar una carta en lo alto de los Alpes. Con ingenio, encontraba un cochecito de esos que circulan sobre los rieles del tren y luego subía a una canasta que, jalada por poleas, lo llevaba hasta la cima a cumplir su misión.
Y El lobo y los siete cabritos, con sus ilustraciones imborrables y la astucia del pequeño Benjamín, el menor de la casa, me lo sé de memoria y seguirá siendo mi cuento favorito.
Fueron tres. Estoy segura de que fueron tres y de que los leí hasta el cansancio. Me acompañaron durante días y noches interminables: le fabriqué una familia a la ardillita, jugué a redactar el contenido de la carta que entregaría Tomasito y vi crecer al cabrito Benjamín hasta convertirse en médico y profesor.
Fueron tres los primeros cuentos de mi vida y me enseñaron a jugar, a inventar, a llorar y a transformar. Fueron esos tres libros los que, antes de entrar al colegio y gracias a las enseñanzas tempranas de mi abuela, me abrieron las puertas al mundo de la lectura, al entendimiento y a la inventiva.
Por eso, los resultados de las recientes pruebas PISA me resultan aterradores: en Ecuador, más de seis de cada diez estudiantes de 15 años no alcanzan las habilidades básicas de lectura. ¿Qué niños, jóvenes o adultos podemos formar si no hay acceso a los libros, si no existe un interés, público y privado, por la lectura?
Hace un tiempo, con algunos de mis #AlumnosFavoritos, leímos Cómo maté a mi padre, de Sara Jaramillo Klinkert: un duro testimonio sobre el asesinato de su padre en la Medellín de los años violentos, el duelo familiar, la pérdida del norte y su reconstrucción. Un texto bellísimo, escrito con valentía, en el que, con toda seguridad, su autora puso el corazón a fuego lento.
De manera atrevida, le escribí para pedirle que se reuniera con sus lectores y resolviera nuestras dudas. Simpática y descomplicada, aceptó. En un ameno encuentro por Zoom, Sara nos respondió con gracia y sencillez. Antes de aquella memorable reunión, había leído que Medellín contaba con 26 bibliotecas públicas. Cuando llegó mi turno, le pregunté cómo había superado su ciudad tanta violencia. Nos contó que, cuando las alcaldías comenzaron a crear bibliotecas y eventos culturales por doquier, ella lo miró con incredulidad. Sin embargo, hoy que Medellín se deja vivir, reconoce que fue la lectura una de las fuerzas que ayudaron a transformarla.
Acá parecería que nos gusta más jugar a la guerra que convertir la lectura en una política de Estado. El analfabetismo funcional da votos torpes. Y, llegado el caso, sabemos que la aspiración de los candidatos, partidos y movimientos políticos será siempre la insensatez que da la incultura.
No necesitamos tres cuentos: necesitamos una sola voluntad política para hacer de la lectura un medio y un fin. ¿Será posible o perdemos de una vez las esperanzas?
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