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En cuestión de un abrir y cerrar de ojos, en medio de la algarabía propia de esta época del año, estaremos quemando el año viejo y dando la bienvenida al nuevo, con ilusión de que sea mejor que el que termina. Así cerramos el círculo de vida, que inexorablemente debemos cumplir en períodos anuales. Sentimos que el carrusel de la existencia sigue, dejando atrás el pasado y desafiando el futuro. A ratos nos quejamos de que este paso es cada vez más acelerado, otras, especialmente en la juventud, que es muy lento. Lo cierto es que, el paso del tiempo es el ejercicio de una verdadera democracia, pues no hace distingo de clases y a todos nos toca por igual.

Hago esta reflexión, invitando a que nos detengamos un momento en el trajín que nos impone nuestro entorno, para hacer un esfuerzo en marcar la diferencia y sentir la satisfacción de que somos “nosotros” quienes controlamos nuestra existencia y no nos limitamos a ser las marionetas del tiempo y las costumbres que nos rodean. Quizás, deberíamos hacer conciencia de lo que vivimos en el año que termina, evaluar las alternativas que nos ofrece el nuevo y decidir los retos que vamos a asumir, para que seamos actores de nuestra existencia. No me refiero a los temas coyunturales, ni superficiales. Propongo hacer el ejercicio de comprender la esencia de nuestra existencia y el camino que hemos seguido. Para concluir si caminamos hacia un destino cierto o estamos desviados de nuestros anhelos.

¿Acaso la sociedad declara tiempo de celebración, sin tener qué celebrar? ¿Deberíamos entrar al “modo fiesta” porque el calendario marca que eso corresponde? ¿O deberíamos reflexionar que estamos atravesando una dura crisis económica, desde hace cuatro años y medio, sumado a una ola de violencia que crece como mala hierba por todo lado y las consecuencias de graves errores, como la incapacidad para ejercer el monopolio en el sector energético? Porque, si fuéramos capaces de advertir la magnitud de la crisis, con seguridad nos declararíamos en “economía de guerra” poniendo en práctica un “plan Marshall”, como el que Estados Unidos de América implementó para reconstruir el Japón, luego de terminada la segunda guerra mundial.

Pero no. Para algo somos “Banana Republic” y debemos defender el título. Lo primero es la farra. Lo demás, que espere. Total, el dinero plástico nos ayudará a pasar las fiestas con poses de rico. Cuando lleguen las cuentas y el chuchaqui, culparemos al gobernante de turno por los males que, ¡oh sorpresa…! se han agravado. Esta es la “crónica de una muerte anunciada”. Claro que sí se puede cambiar esta costumbre ancestral, so pena de seguir viviendo las mismas consecuencias. Es ahora cuando necesitamos verdaderos líderes que enarbolen la bandera del Ecuador y cambien el rumbo de nuestra historia.

Las huestes ciudadanas debemos marchar férreamente unidas, contra la mediocridad, el hambre, la incapacidad de los gobernantes, el estancamiento, el desaprovechamiento de recursos naturales, la confabulación para ahuyentar la inversión privada, etc. que nos tiene muriendo de sed junto a la fuente. Esto evidencia que, detrás de la clase política contemporánea, existe una absoluta incapacidad para entender el problema y las alternativas de solución, o la satánica intención de mantener al pueblo enfiestado, engañado y sometido a sus mezquinos intereses.

Una verdadera revolución independista, debe ser contra el yugo de la clase política que ha gobernado para sus intereses, buscando enfrentarnos, en lugar de tomar acciones pragmáticas, sostenibles y eficaces en el corto, mediano y largo plazo. El tiempo para experimentar se acabó. Debemos empezar a construir una sociedad con visión moderna, sin demora.

¡CAMBIEMOS A MODO TRABAJO!

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