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En doscientos años de vida republicana a cuestas, nuestro pequeño pero hermoso país, no ha logrado despegar hacia un futuro promisorio, elevando la calidad de vida de sus habitantes, como ha ocurrido en países de tamaño similar, que tienen menos recursos naturales y humanos que nosotros. Una mirada al mundo occidental nos permite concluir que son dos corrientes políticas que están disputando el poder por bastantes años, que nos permite evaluar sus resultados.

Por un lado, el sistema “capitalista” resalta la particularidad de que los recursos para el desarrollo económico lo proveen los particulares, a su propio riesgo, y bajo su iniciativa. Admite la presencia del Estado para fijar las reglas y controlar su cumplimiento, evitando competencia desleal en perjuicio del consumidor. El Estado debe ser eficiente en hacer cumplir las reglas del juego y atender los servicios públicos. A inicios de la revolución industrial, el apetito desmedido por generar ganancias derivó en tratos abusivos a trabajadores, baja calidad de productos, políticas monopólicas, etc. En la actualidad, los Estados han legislado en favor de los trabajadores, quienes gozan de garantías que son intocables y determinan mayor o menor eficacia en cumplir el objetivo de generar trabajo para las nuevas generaciones. Aquí radica un punto clave que diferencia a los países.

En la medida que la iniciativa privada, sumada al entorno que cada país ofrezca, impulsen y potencien los sectores de mayor potencial, se generará empleo, divisas, impuestos, etc. con los que el Gobierno podrá atender las necesidades de sus habitantes, de forma sostenida. El motor del crecimiento es el sector privado. Mientras mejores sean las condiciones internas del país para la inversión privada, mayores inversiones alimentarán el aparato productivo, los bienes y servicios serán más competitivos en el contexto internacional y se podrán exportar al mundo. Así se alcanza un crecimiento económico “sostenible” en el tiempo, elevar el ingreso per cápita y fortalecer el sector público para que cumpla debidamente con sus obligaciones en salud, educación, seguridad, servicios básicos y demás. Ejemplo emblemático son los Estados Unidos, Canadá, Chile, Uruguay.

Por otro lado, el ala izquierda, identificada en el siglo pasado con el comunismo de la URSS, que promulgaba un Estado centralizado que asume la responsabilidad de dotar de todos los bienes y servicios al proletariado. Este modelo subsistiría mientras el Estado sea capaz de generar los enormes recursos para mantener a toda su población, lo cual no es posible. Colapsó el modelo, dejando a la deriva a los países que la integraban. La otra corriente de izquierda, el socialismo, ha evolucionado en varias corrientes adaptadas a cada región. En Latinoamérica, nació el mal llamado “Socialismo del Siglo XXI” para reemplazar al comunismo de Fidel Castro, que fue arrastrado por la caída del muro de Berlín.

Este comunismo re empacado, concebido en el “Foro de Sao Paulo” y ratificado por los “Amigos de Puebla” se ha constituyó en una corriente populista que cambió las armas por las urnas, para gobernar con un modelo paternalista que promete todo al pueblo angustiado por la carencia de servicios, empleo, salud, educación y más, que no se llegan a cumplir por la debilidad de un modelo que ahuyenta la inversión extranjera, eleva sin control el gasto público, deteriora el entorno productivo, encarece las exportaciones, corrompe las estructuras gubernamentales, debilita la democracia, incrementa impuestos para financiar su ineficiencia y en definitiva no puede implantar un modelo económico sostenible, ni cuando le cae la lotería como el petróleo en nuestro país. Lo evidencian los países de la región que experimenta ese modelo, como Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia.

¡ESCOJAMOS UN BUEN FUTURO!

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