No quiero envejecer, pero envejezco. No quiero bajar los brazos, pero me pesan. Me impongo desafíos para avanzar, pero a ratos el corazón me falla… Me falla ante las miradas ausentes e indolentes; me falla ante los jóvenes que ven el mundo con una tristeza que acarrean desde los mundos fantásticos que pretenden crear para sobrevivir; me falla ante la voz dolida de madres y padres, de hermanos e hijos, de amantes y amigos que no entienden por qué pasó lo que pasó. Que gritan aunque nadie los escuche. Que gritan su dolor a solas.
Falla mi corazón al leer lo que han escrito unos presos: cartas arrepentidas, poemas desacompasados, angustia y soledad desamparada, atrapada entre la estupidez y su tristeza.
Pero la vida sigue; esa vida veterana que oculto atiborrándome de trabajo sigue. Leo por milésima vez un texto incansable del escritor español Fernando Aramburu: “Veo una mesa con mantel de niebla, con vasos y copas, de los que nunca bebí, con alimentos que nunca probé, y, sentada a la mesa, gente extraña, que me revela sus inquietudes, me formula preguntas, confidenciales, me pide el cestillo del pan… Asisto a funerales por difuntos que no existieron. Agradezco regalos que no recibí”.
Yo ahora lloro por muertos que no conocí. Yo ahora lloro por muertos que nunca vi, con quienes nunca conversé, a quienes nunca abracé o sonreí. O tal vez sí, porque estos muertos son de todos, nos pertenecen a todos, nos duelen a todos.
En una misma semana cinco gritos desgarrados nos invadieron: Nathaly Mafla, hija, hermana, amiga, estudiante, 20 años; Mónica Silva, hija, madre, amiga, amante, activista, denunciadora eterna de chanchullos y componendas, 41 años; Santiago Ávalos, hijo, marido, padre, gerente financiero de una universidad, 42 años; Alexandra Bravo, hija, abogada, fiscal de Manta, 46 años; y Olinda, su hermana que intentó protegerla. Finalmente, otra muerte en un aeropuerto, sus autores: dos chicos.
“Cómo se volvió esto, ¿no?”, me dijo un día mi centenaria madre. “Cómo se volvió esto”, pienso con el cerebro remordido entre la ira y la tristeza. La vida dejó de tener valor, matar se volvió un negocio y tener dinero se convirtió en un fin. ¿Cómo nos instalamos en el absurdo, la maldad y el desamparo?
Hace muchos años, el sociólogo y pensador ecuatoriano Agustín Cueva escribió Entre la ira y la esperanza, un texto escrito a partir de los ideales de justicia que muchos tuvimos; texto donde la rebeldía y el cuestionamiento se levantan del libro como un torbellino; texto que se asienta en el sueño, en la posibilidad de un cambio; texto tan lejano, porque a muchos nos ha quedado la ira, ya sin esperanza.
No entiendo, nadie entiende. Mis palabras no alcanzan; tal vez alcancen las de Jorge Luis Borges en Abramowicz, de Los conjurados: “Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches. Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra”. Yo, solo lloro.
https://www.eluniverso.com/opinion/columnistas/yo-solo-lloro-nota