¡Los del café de Cumbayá!

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Quién hubiera creído que, en la vejez -ese estado de juventud acumulada que llegó sin avisar y que muy pocos aceptan-, aparece aquel dicho cuando queríamos vernos, conversar, criticar, jugar o recordar: ¿los que éramos? ¿Recuerdan? Era la época de las jorgas, las buenas, las empáticas y las que siempre cultivamos; existían otras que, si bien eran rivales, había una suerte de códigos de respeto. Unos estaban, otros se sumaban e iba consolidándose el grupo. En un inicio, no importaba, en el fondo, que seamos de “La Salle” o del “Isidro Ayora”. Al final, nos unía lazos de familias conocidas: si bien éramos libres de influencias políticas, habíamos liberales, poncistas y velasquistas. Luego en el colegio, persistía la misma camaradería, ya sea aquellos que cursaron estudios en el “Vicente León”, “Católico”, “Bilingüe” o “Agricultura”.

Con el pasar del tiempo, muchos salieron del terruño querido para buscar nuevas emociones, los enamoramientos, la profesión soñada, conocer más el mundo y disfrutar de cierta independencia, lejos de la presencia y tutela de los padres, a los que siempre amamos, respetamos con reverencia incluida. Así era la familia, aquella llamada “tradicional”, que por fortuna en muy pocas casas aún se cultiva. Muy importante es el ejemplo para que las nuevas generaciones aprendan que las formas también cuentan. Durante el tiempo, ya en la escuela, ya en colegio ya en la universidad, supimos cultivar muy buenas amistades y que, a pesar de no verse mucho, se mantiene ese sentimiento inolvidable. Al encontrarse, incluso al cabo de años, están presentes eventos y recuerdos imborrables como si hubieran sido de ayer nomas.

De ahí que el proverbio sabio dice: “Los buenos amigos son como las estrellas: no siempre los ves, pero sabes que siempre estarán ahí”. Hoy, no ha importado las diferencias de edad para aprovechar la compañía y disfrutar de los grandes amigos; esto significa nutrirse de más conocimientos, experiencias, disfrutando de aquellas anécdotas que ya forman parte de las historias que repiten los hijos y jóvenes, siempre basadas en sanas maneras de ver la vida, acompañadas de curiosidades y bromas con aquella picardía muy propia de la juventud. Cuando pasan los años, más apreciamos la amistad, en el entendido de que “los amigos son la familia que uno escoge”, como complemento y extensión de la propia: armonía perfecta para disfrutar la vida.

Cada 15 días se reúnen los “panas” del café de Cumbayá, en plena plaza, a las 10h00, sin orden del día, pues los temas aparecen sin dificultad; no hay actas, pues los momentos gratos quedan almacenados en el alma; discusiones, las hay, pero no hay votaciones para dirimir nada y, en caso de persistir, al final no importa porque a la siguiente reunión, o ya no nos acordamos o seguro no oímos nada mismo. Nos tomamos la foto de rigor, poniendo previamente “cara de inteligentes”, sin necesidad de que algunos agarren los bastones, parqueados en lugar apropiado para el efecto. Damos por finalizada la reunión a eso de las 12h00, ya porque hay que retornar a casa, porque se acabó el permiso o hay que tomar la pastilla, ir a una farmacia, o porque se nos olvidó comprar el pan o llevar el mandado. Para ello, nos envían el chat respectivo como un “recorderis” para evitar comprar dos veces.

Los del trato somos: Edmundo Estupiñán, Hernán Estupiñán, Marco Tulio Varea, Gonzalo Pazmiño, Germánico Mayorga, Eduardo Naranjo, Miguel Batallas, Francisco Naranjo, Alejandro Maldonado, Diego Pazmiño, Hernan Maldonado, Nicolás Maldonado, Esteban Zambrano, Pablo Emilio Maldonado, Mario Iturralde, Fernando Hidalgo, Francisco Maldonado, Maximiliano Naranjo. Como no se toma lista, todos están convocados; no siempre asisten todos, pero son muy pocos los faltones, pues los que no asoman de repente son los que “viven lejos”, o tenían que ir a la cita médica que no puede desatenderse. De repente, el café se acompaña con un piquete de whisky que es saldable para no olvidarse que todavía existe sin dejar de hacer “parcito” ya que el café puede hacernos daño. En fin, como diría Giuseppe Verdi, “el café es un bálsamo para el corazón y el espíritu”, considerando que “la amistad es la mejor combinación para el café”.

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